miércoles, 23 de febrero de 2011

Lago Constanza 42 Revisited



Hace algún tiempo,  Pedro Miguel López, mi buen amigo VANático, me pidió, como a otros muchos adoradores de Van Morrison, que escribiese cómo fue mi primer contacto con la música de Van The Man. Su intención era publicar esos textos en la web del libro que había escrito sobre el gruñón... perdón, sobre el LEÓN de Belfast. El libro se llama Viaje a Caledonia, y os lo recomiendo encarecidamente, así como la visita a la web del mismo nombre.
Pedro Miguel no sabía lo que se hacía cuando me pidió que escribiese algo, tal vez estaba obnubilado tras escuchar Madame George o Rough God Goes Riding, y mucho menos lo sabía cuando decidió incluir mi texto en la sección Así caí fulminado...

Lago Constanza 42 en la época de los hechos relatados
Tengo mala memoria, de eso pueden dar fe quienes me conocen un poco, y es especialmente mala en lo relativo a la orientación temporal. Y no es cosa de la edad. Siempre ha sido así. Nunca he podido relacionar un hecho concreto con un año, no digamos con un día, en particular. Si veo una fotografía, me resulta extremadamente dificultoso ponerle fecha. Sin embargo, los hechos están ahí, llamando a la puerta para ser recibidos.

Para recordar lugares, tengo que aferrarme a pequeños detalles, a vivencias concretas que sirven de contraseña para acceder a esos archivos que están en alguna carpeta de mi cerebro. Lo malo es que mi SOC -Sistema Operativo Cerebral- es aún peor que el más desastroso Windows que podáis imaginar.

Por ejemplo, y para ser original con la frase, pongamos que hablo de Madrid.

¿Qué cosas materiales relacionadas con esta ciudad se me vienen al pensamiento en primer lugar cuando pienso en ella? Fundamentalmente son cuatro, no necesariamente por este orden: las patatas bravas de Docamar, el olor del Metro -sí, soy uno de esos escasos degenerados a los que les embriaga el olor del Metro de Madrid; el de Bilbao me resulta excesivamente nuevo, aséptico-, los barros de Riaño y la casa de Lago Constanza 42. También me acuerdo perfectamente de una papelera desfondada del andén de la estación de Quintana en la que vomité con toda precisión sobre mis Adidas, pero eso es otra historia.

No recuerdo exactamente el piso -¿tal vez el segundo?-, pero sí, con toda exactitud, su distribución. Y, por supuesto, casi todo lo que allí viví. En Lago Constanza 42, la casa de mi amigo Alfredo, comí, bebí, dormí, bebí, jugué al ajedrez, bebí, vomité y luego volví a beber. Pero, sobre todas las cosas, lo que hice allí fue escuchar música, buenísima música. De acuerdo, alguna no tan buena, como el Honky Chateau de Elton John que Alfredo se compró en Santander, dudando entre ese disco y Harvest. Al final yo le aconsejé el de Elton John... y me hizo caso. Espero que me haya perdonado.

No podría hacer una relación exhaustiva de todo lo que allí disfruté musicalmente sin aburriros con una larga y tediosa lista, así que resumiré como antes he hecho con las cosas que me recuerdan a Madrid. Obviamente, CSN&Y, ya sea los cuatro juntos, por separado o en las más diversas combinaciones a dos o a tres, y especialmente Teach Your Children; los Allman Brothers y la versión del Fillmore de In Memory Of Elizabeth Reed, que lleva adjunto el porrazo espectacular que me pegué al caerme de la cama cuando la canción terminó; Led Zeppelin; Joan Baez cantando una canción de Mike Newbury llamada Angeline, ésta por amargos y llorosos motivos, igualmente inconfesables que los de Teach Your Children; y, por último, aunque en primer lugar en mis recuerdos, Astral Weeks.

Y no digo Van Morrison, digo ASTRAL WEEKS. Fue escuchar "The love's to love the love's to love the love's to love..." y quedarme colgado para los restos. Y, sin tiempo para recuperarme, sin anestesia ni nada, desplegar las alas porque el show debía continuar. Jamás había escuchado antes a aquel tipo, pero cuando terminó Slim Slow Slider, sólo tenía dos alternativas: volver a escuchar Astral Weeks hasta que el vinilo se desgastase y la aguja del plato hiciese un surco hasta las antípodas, o pegarme un tiro en cada oreja para quedarme sordo y que mi último recuerdo musical fuese Astral Weeks. Por suerte, no opté por alguna de las dos. No creo que a Alfredo le hubiese hecho mucha gracia que le jodiera el equipo de música, y a mí todavía me quedaban muchas maravillas musicales por descubrir.

Ahora, Alfredo se ha hecho un experto del Flamenco y yo me he convertido en un obseso de la Celtic Music, pero siempre nos quedará el recuerdo de aquella primera escucha de Astral Weeks.

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