miércoles, 10 de noviembre de 2010

Why?


  Día lluvioso, muy lluvioso.
  Acera estrecha, muy estrecha.
  Si yo mido un metro y ochenta centímetros y quien se va a cruzar conmigo apenas levanta metro y medio del suelo, ¿por qué ese empeño en estirar el brazo hacia arriba levantando el paraguas como un guerrero ondeando una bandera?

martes, 9 de noviembre de 2010

Still Rainin'

CON EL MÓVIL, PARADO EN UN ATASCO...

Clouds, one by one, fill the sky
Just like these tears that fill my eyes
I know by now she ain't comin' back
I watch my world slowly fade into black

Look out my window it's still rainin'
Look out my window it's still rainin'

               Still Rainin', Jonny Lang


lunes, 8 de noviembre de 2010

Apellidos

  He dejado pasar unos días desde que leí la noticia sobre el orden de los apellidos de los tiernos infantes en el caso de que sus progenitores, no sé por qué extrañas razones, no se ponga de acuerdo en el orden que han de llevar en el DNI de su hijo. No quería escribir en caliente la opinión que me merece semejante gilipollez, más propia del feliz país de Utopía que de uno que, por lo que parece, seguro que tiene problemas más acuciantes que resolver. Pero todo sea por la igualdad y por enredarse en bizantinas discusiones sobre lo accesorio para olvidar lo esencial.
  Lo primero que me vino a la cabeza (nótese que no he dicho a la mente) fue un viejo chiste sobre un marinero que recibe la noticia de que ha dejado embarazada a una linda moza en uno de los puertos que ha visitado. La muchacha, ligeramente cabreada, le espeta:
  – ¡Lo que me has hecho no tiene nombre!
  A lo que el marinero contesta guasón:
  – Ni apellido, porque mañana mismo me embarco para no volver jamás a este pueblo.
  Supongo que, entre la preocupaciones de la chica embarazada, la menor de ellas era decidir cuál de los dos posibles apellidos tenía que ir primero.
  Lo segundo que se me ocurrió, lo publiqué en Twitter con moderado éxito: A mí me la trae floja si se pierde o no mi apellido Yo no soy ni mi apellido ni los que lo llevaron antes (seguro que había mucho imbécil). Por la concisión impuesta por el límite de 140 caracteres, no pude añadir que, seguramente, dentro de unas cuantas generaciones, alguno de mis descendientes pensará que yo también formo parte de la nómina de los posibles idiotas que han/hemos llevado este apellido. Porque de todo hay en este mundo, y lo mismo un Pérez García resulta ser un tipo genial, con un elevado coeficiente intelectual, amén poseer un corazón de oro, que un Botín S. de Sautuola y G. de los Ríos es un zote incapaz de dibujar una línea recta con una regla y/o tiene el espíritu más negro que el caparazón de un grillo.
  Una vez más he de parafrasear a mi admirado Richard T. Rictus: "Por mucho apellido de rancio abolengo que tenga, un idiota siempre es un idiota".
  El único caso en el que, para mí, estaría justificado empeñarse en un cambio del orden de los apellidos, diga lo que diga la parte contraria, sería cuando la conjunción de dichos apellidos, e incluso con el nombre de pila en danza, pudiese dar lugar a perjuicios posteriores para la criatura. Todos hemos oído leyendas urbanas que dicen que una vez hubo un hombre de apellido Mier que renunció a casarse con el amor de su vida porque ésta se apellidaba Decilla. O peor aún, que a pesar de todo decidieron casarse y sus hijos batieron el récord mundial de burlas, chanzas y collejas en el colegio. Por no hablar de la clásica Dolores Fuertes de Barriga o el premonitorio Armando Guerra. Pero no menos vejatorio es inscribir a un niño con el nombre de Cucufate, que debió ser un santo que alcanzó tal gloria sólo por soportar estoicamente tal carga sobre sus hombros.
  Si nunca he podido entender a quienes se sienten orgullosos de ser naturales de algún lugar, como si algo tan casual como es el lugar de nacimiento añadiese algún honor a quien proclama tal entusiasmo, tampoco soy capaz de procesar en mis pequeñas y escasas células grises el orgullo de llevar tal o cual apellido en la partida de nacimiento. De la misma forma que no soy deudor de las tropelías que mis antecesores pudieron cometer, tampoco puedo arrogarme los méritos de quienes, con ese mismo apellido, pudieron hacer algo relevante, o simplemente bueno para los demás.
  He buscado en Google y he descubierto que estos dos escudos podrían corresponder a mi apellido:



  Sinceramente, y dedicado a los que miran el dedo cuando un hombre sabio señala la luna, me gustaría más que fuese así:


  Por mi parte, como si ponen mi apellido el último de la fila.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Autores expoliados

Nota previa
  No, esto no va sobre los derechos de autor y la denodada lucha de la Sociedad de Golfos Apandadores de España por llenarse el buche, perdón, quería decir por defenderlos....
          
  Vaya por delante que me gusta el cine, a pesar de los titánicos esfuerzos del profesor de la asignatura Cine, en cuarto de carrera, porque lo odiase con todas mis fuerzas. Omitiré su nombre, no le quiero dar publicidad. Bastante obtuvo cuando su libro Mirar la imagen se colocó en el número uno de ventas de las principales librerías de Bilbao (a nadie se le ocurrió añadir una nota que dijese que la compra del libro era obligatoria para todos los alumnos que pasaban por sus zarpas).
  Me gusta el cine, pero tampoco cualquier tipo de cine, todos los tipos de cine. De hecho, confieso ser un colonizado más por la (buena, que la hay) cinematografía USAmericana. El cine español me interesa poco (parafraseando lo que decía hace años un locutor de radio sobre la cultura vasca, imagino que allá por el 2137 se olvidarán de la Guerra Civil y harán películas sobre el siglo XXI); el europeo, especialmente ése en el que a lo largo de interminables planos se ve crecer la hierba, casi nada, salvo raras excepciones; y no digo lo que me parece el iraní y demás cinematografías exóticas porque, una vez más, mi sueldo no alcanza para afrontar querellas multimillonarias.
  Apagad mi Sed de Mal con el majestuoso plano-secuencia que inicia la película y quedaos con todos los antonionis, chabroles y buñueles que en el mundo han sido. Y no me vengáis con la vieja historia de que los mejores, los directores clásicos del cine made in USA eran europeos. Es sólo una intuición, pero me temo que si, por ejemplo, Billy Wilder o Ernst Lubitsch no hubiesen viajado al otro lado del charco, jamás habríamos gozado de joyas como Uno, dos, tres, El Apartamento o Ser o no ser.
Pero hablaba de mi profesor de Cine. Estábamos de acuerdo en pocas cosas, y especialmente en desacuerdo en qué sucede con las obras de arte, ya sean películas, novelas, cuadros o fotografías. Para él, una vez que la película estaba a disposición del público, poco importaba lo que el autor quisiese decir con ella. De hecho, eso era lo que menos importaba, aunque la interpretación de, digamos, un crítico cinematográfico fuese radicalmente contraria a las intenciones del autor.
  Yo siempre le ponía el ejemplo de un conocido, pintor por más señas, que, en el Aula de Cultura de Laredo, tuvo la oportunidad de exponer sus últimas obras. Allí acudió ufano y pagado de sí mismo el crítico de turno, no recuerdo si del Alerta o de El Diario Montañés, que comenzó a elaborar una serie de (para el propio pintor) disparatadas teorías sobre lo que él (el pintor) había querido expresar con tal o cual cuadro. De nada sirvió que el autor de los cuadros negase con vehemencia que tales interpretaciones ni siquiera se acercasen a kilómetros de la realidad. ¿Qué coño iba a saber el AUTOR de las obras de lo que el propio AUTOR había querido expresar con ellas? ¡¡¡Paparruchas!!! ¡¡¡Si sólo era quien las había pintado!!!
RECONSTRUCCIÓN
  Y caso más, relatado por Gabriel García Márquez en EL PAÍS hace milenios, sobre la edición argentina de Cien años de Soledad. Parece ser que en la primera edición en ese país, la letra N de Cien aparecía en la cubierta del libro volteada. Y resultó que, en un examen en la universidad, a uno de sus hijos le preguntaron la razón de que esa letra N apareciese así, invertida, pues debía existir gran controversia y múltiples y sesudas teorías que explicaban tal hecho, aunque la realidad era mucho más prosaica: a quien recibió el encargo de diseñar la cubierta de la novela se le ocurrió que, poniendo la N al revés, llamaría más la atención de los posibles lectores. Ni más, ni menos. Simplemente un recurso para atrapar la mirada de los posibles compradores del libro.
  Así lo contaba García Márquez. Pero, qué va a saber él de estas cosas... ¡¡¡si SÓLO escribió el libro!!!

PS Véase que he acentuado sólo en todos los casos cuando significa solamente. Y así pienso seguir haciéndolo diga lo que diga la RAE.