viernes, 22 de octubre de 2010

Incorrección

Hace unos cuantos años tuve la ocurrencia de inscribirme en una lista de correo llamada SKEMERS (de Stephen King E-Mailers), de la que salí tarifando por un quítame allá esa pena de muerte: yo estoy radicalmente en contra y algún descerebrado propugnaba que se le aplicase con saña al ciudadano Bryan Smith, cuyo delito había sido atropellar a King con su furgoneta Dodge Caravan.
En aquel grupo descubrí lo absurdo que es aplicar la dictadura de lo políticamente correcto en el ámbito de la creación, ya sea literaria, cinematográfica o de cualquier otro tipo.

Kathy Bates en Misery
En 1987, Stephen King escribió una novela titulada Misery, llevada más tarde al cine y protagonizada por Kathy Bates. El personaje central de la novela, Annie Wilkes, además de secuestrar y torturar a un escritor de quien se declara su fan número uno, tiene la particularidad de ser enfermera. En SKEMERS, un grupo realmente numeroso integrado por constant readers (fieles lectores) de medio mundo, había alguna que otra enfermera que estaba realmente indignada por el hecho de que su autor favorito hubiese cometido la tropelía de escribir que la tarada Wilkes tenía ese trabajo. “Las enfermeras no somos así”, tronaba de vez en cuando. “¿No podía haber elegido otra profesión?”
(¡¡¡Coño, Ni todos los directores de motel son como Norman Bates!!!)
Qué profesión, me preguntaba yo. Eligiese la que eligiese, siempre habría alguna voz que se alzase para proclamar airadamente que los abogados, los charcuteros, los vendedores de coches usados, los periodistas, los vendedores de seguros, los desempleados, los sexadores de pollos… no somos así. Jocosamente, yo les decía que llevando hasta el límite del absurdo ese razonamiento, los personajes de las novelas no podrían tener ocupación alguna porque siempre habría alguien que se quejase de que los miembros de su gremio no son así.
Si en la vida cotidiana lo políticamente correcto me parece aburrido, llevarlo al mundo del Arte lo considero una idiotez supina. Imaginaos que Miguel Hernández hubiese escrito esto:

Andaluces y andaluzas de Jaén,
aceituneros y aceituneras altivos y altivas,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor, ni la señora,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

Y así hasta el final del poema…
Aunque peor habría sido escribir “Andaluz@s de Jaén, aceituner@s altiv@s…”, porque, ¿cómo demonios se lee en voz alta esa maldita arroba que tanto aborrezco?
El idioma es el que es y tiende a la economía, y la supuesta discriminación o el sexismo, normalmente están en el cerebro de quien lee, ya sea por ceguera ideológica o por desconocimiento de aquello de lo que se habla.
Para terminar, unos ejemplos de palabras políticamente correctas y sus contrarias, las perversas políticamente incorrectas. Como veréis, significan exactamente LO MISMO según el DRAE, así que, ¿dónde está el delito si usamos minusválido o ciego?

minusválido, da.
(Del lat. minus, menos, y válido).
1. adj. Dicho de una persona: Incapacitada, por lesión congénita o adquirida, para ciertos trabajos, movimientos, deportes, etc. 

discapacitado, da.
(Calco del ingl. disabled).
1. adj. Dicho de una persona: Que tiene impedida o entorpecida alguna de las actividades cotidianas consideradas normales, por alteración de sus funciones intelectuales o físicas.

invidente.
1. adj. ciego (‖ privado de la vista).

ciego, ga.
(Del lat. caecus).
1. adj. Privado de la vista.

jueves, 21 de octubre de 2010

Hand-In-The-Box

De un tiempo a esta parte, vengo escuchando en los medios, y también en la calle, un discurso que me tiene perplejo. Me refiero a la diferente calificación moral que reciben los amigos de lo ajeno según del lugar del que procedan los euros de los que se benefician y el destino que se da a ese dinero.
En principio, parece que todos estamos de acuerdo en que aquél que asalta a punta de navaja, o de pistola, a un ciudadano de a pie y le requisa la cartera, el reloj y el móvil, merece la reprobación moral y penal por ser un chorizo de tomo y lomo. Y lo mismo para quienes, por la fuerza o con sigilo, se introducen en un domicilio y se llevan hasta las manillas de las puertas. Es decir, usted roba la nómina a un ciudadano particular y se lleva lo afanado para casita, y es calificado de ladrón sin ningún género de dudas.
Sin embargo, cuando el aligerado de la pesada carga de los euros no es un ciudadano concreto, sino un grupo de ellos, cuanto más grande, mejor, sin cara y ojos individualizados, las cosas cambian.
Por ejemplo, parece que trincar comisiones desde una concejalía de Urbanismo por conceder licencias de construcción, como mínimo dudosas, parece que tiene sus defensores. O, al menos, los defensores de que eso no es robar en sentido estricto. Es el conocido argumento de “yo no he robado a nadie, yo no he metido la mano en la caja”.
En los últimos días, esta perplejidad que me aqueja se ha vuelto a poner de manifiesto con el caso de Joan Laporta, expresidente del Barça. No voy a entrar en calificar a quienes sostienen que es malo airear la porquería encontrada en vez de, como antes hicieron muchos otros, esconderla debajo de la alfombra y mirar para otro lado. Si piensan que hay que proteger un (supuesto) bien mayor haciendo la vista gorda ante menudencias como unos cuantos millones de euros volatilizados, allá cada cual con su criterio.
Tampoco voy a prejuzgar los hechos en sí, porque no tengo ni idea de si las acusaciones contra Laporta son ciertas o no. Para mí, lo más chocante es que hay muchos, realmente demasiados, que mantienen la teoría de que, si es cierto todo lo que se dice del uso de tarjetas de crédito del club, de los pagos de entradas a conciertos y partidos de fútbol para amigos y familiares, de la compra de puros y perfumes, de las comidas y comilonas a cuenta del Barça, en ningún caso se puede hablar de robo. Como mucho, de uso moralmente inapropiado de los fondos de la entidad, porque no se ha metido la mano en la caja y no se lo han llevado, ni calentito, ni crudo
Imaginemos una situación similar, pero poniéndole nombre y apellidos a la víctima. En lugar de al FC Barcelona, supongamos que la tarjeta de crédito pertenece a Juan Español (o Joan Catalá o Jon Euskaldun o…). Supongamos también que un empleado suyo, digamos que se llama J. L. S., coge la tarjeta de su jefe y se dedica a hacer compras y pagos de todo tipo: entradas, comidas, perfumes o billetes de avión, pero teniendo el máximo cuidado en no llevarse ni un solo euro en efectivo.
¿Podríamos decir que J. L. S. es poco más que un pillín travieso que no ha metido la mano en la caja?
Como el que ha sufrido el quebranto no es una entidad de personalidad difuminada, que es de todos y no es de nadie, sino un ciudadano individual (y casi todos tenemos tarjetas de crédito como el chino del chiste tenía bicicleta), la respuesta seguro que sería contundente: J. L. S. es un mangante con todas las letras.
La realidad, se mire como se mire, es que si no trinco en efectivo pero trituro unas tarjetas de crédito que no son mías con gastos que, de otra manera, supondrían una disminución importante del efectivo que tengo EN MI CAJA, objetivamente es como si me lo llevase en billetes de cinco. No es necesario salir de las oficinas con una carretilla cargada de bolsas con el símbolo del euro impreso para ser culpable de haber metido la mano en la caja.


miércoles, 20 de octubre de 2010

General

NOTA: El texto que sigue creo que también es de Cortázar
SUGERENCIA: Leer primero el texto y luego ver el vídeo


El General sólo tiene 80 hombres... el enemigo, 3.000.
En su tienda, el General blasfema y llora.
Entonces, escribe una proclama que palomas mensajeras derraman sobre el campamento enemigo...
200 infantes se pasan al bando del General.
Tras una pequeña escaramuza que el General gana fácilmente, dos regimientos se pasan a su bando.
Tres días después, el enemigo tiene 80 hombres... el General, 3.000.
El General escribe otra proclama y 79 hombres se pasan a su bando.
Transcurre la noche... ... ...
El enemigo, rodeado por el ejército del General, no se ha pasado a su bando.
El General llora y blasfema en su tienda.
Al alba, el enemigo desenvaina lentamente su espada y avanza hacia la tienda del General.
Entra... y le mira.
El ejército del General se desbanda.
Sale el sol...




martes, 19 de octubre de 2010

Límites

        
          Si la inteligencia humana tiene límites...
                                          ¿por qué la estupidez no?

domingo, 17 de octubre de 2010

Al fin libre

Se despertó cuando sonó la alarma del radio-reloj, pero permaneció un rato más en la cama después de desconectarla. Quería repasar los planes que había hecho para el desfalco de la mañana y el crimen de la noche. Y es que, aquella misma noche, a las once y cuarenta y seis minutos, sería libre, libre en todos los sentidos. Había escogido ese momento porque cumplía cuarenta años y ésa era la hora exacta en que había nacido.
No era supersticioso, pero el hecho de empezar una nueva vida en el preciso instante de cumplir cuarenta años, le pareció muy divertido.
Hacía un año que había tomado prestado de la caja de la empresa medio millón de euros para invertir en algo que parecía un medio seguro e infalible para doblar, o quizás triplicar, ese dinero, pero lo perdió todo.
Después, tomó prestado algo más para tratar de recuperar lo perdido, y ahora tenía una deuda que rebasaba los tres millones de euros, déficit que no podría mantener oculto durante mucho tiempo más. Por ello, había estado reuniendo todo el efectivo que le era posible sin levantar sospechas, y aquella misma tarde llegaría a poseer la cantidad de doce millones, suficiente para el resto de su vida.
Y jamás le atraparían.
La idea de matar a su esposa se le había ocurrido después. El motivo era simple: la odiaba. 
Además, había una ventaja práctica en el hecho de dejarla muerta. Si la dejaba dormida pero viva, ella imaginaría lo que había pasado y llamaría a la policía en cuanto descubriera que había huido durante la noche. Por el contrario, si la dejaba muerta, no encontrarían su cadáver hasta mucho más tarde; como mínimo, dos o tres días después, y él ya estaría muy lejos.
En el despacho fue todo como una seda y, cuando se reunió con su esposa en el restaurante en el que se habían citado, todo estaba dispuesto. Sin embargo, ella tomó el aperitivo y la cena con mucha calma, y él empezó a dudar de que llegaran a casa antes de las once y cuarenta y seis.
Sin poder contener la ansiedad, consultó nerviosamente su reloj.
No lo habría conseguido por medio minuto si hubiera esperado a estar dentro de la casa para matarla, pero la oscuridad que reinaba en el porche era segura. Tanto como el interior.
Mientras ella permanecía frente a la puerta principal, en espera de que él abriera la puerta, balanceó una vez la cachiporra y la golpeó fuertemente en la nuca.
Antes de que cayera al suelo, la cogió con el brazo izquierdo y se las arregló para mantenerla erguida mientras abría la puerta.
Una vez dentro, cerró con llave, apretó el interruptor y la luz amarillenta inundó la habitación.
Y, antes de que pudiera apreciarse que su esposa estaba muerta, y que él la mantenía en pie, escuchó...



¡¡¡Sorpresa!!!   ¡¡¡Feliz cumpleaños!!!