domingo, 10 de octubre de 2010

Papi, ¿ya has visto esta película? Parte 8

Las armas, tercera parte

Todos sabemos que en los Estados Unidos de Norteamérica es más fácil comprarse una buena Magnum como la de Harry el Sucio que una botella de vino o, en los tiempos que corren, un paquete de cigarrillos. Para el vino te piden el carnet de identidad, certificado de penales e ir acompañado de dos miembros del Congreso, mientras que cualquier psicópata puede adquirir un kit completo de misiles tierra-aire sólo con presentar el comprobante de pago de la última cuota del club de fans de Mickey Mouse.
Sin embargo, a la hora de defenderse de un criminal que acecha en las sombras, nadie tiene a mano un buen revólver del 38, ni tan siquiera una modesta pistola-encendedor, que no mata pero, como el enano del chiste de Gila, desmoraliza un poco. Por ello, no hay más remedio que recurrir a los objetos contundentes o inciso-cortantes que se tengan a mano en casa. Por ejemplo, el socorrido bate de baseball o un cuchillo de cocina de palmo y medio, de esos que se emplean para trinchar el pavo el día de acción de gracias mientras los familiares se insultan con fruición.
Llegados a este punto, al momento en que tenemos el cuchillo en la mano, es cuando comienzan a surgir los problemas, porque ningún protagonista de película, sobre todo si es mujer, tiene la menor idea de cómo utilizarlo.
ASÍ, NO, MARGE
Para ellos, y para todos los lectores, dedicaré unas líneas a la teoría y práctica de las armas blancas, vulgo navajas, cuchillos u objetos similares.
En primer lugar, es muy importante cómo ha de agarrarse el cuchillo. Por supuesto, en ningún caso como lo hacen en las películas, es decir, con la punta hacia abajo y el brazo en alto. Ejemplo: Anthony Perkins haciendo de Norman Bates en Psicosis.
Salvo que la víctima sea completamente gilipollas, y en estas situaciones los malos nunca lo son, resulta muy difícil apuñalar a alguien de arriba hacia abajo. Primero, porque se te ve el cuchillo a la primera; segundo, porque es más fácil defenderse; tercero, porque en la parte superior del cuerpo hay más huesos y, con la mala suerte que tenemos, seguro que le acertamos a alguno. Hay que hacer notar que la mayoría de las víctimas peliculeras tienen una enfermiza obsesión por apuñalar a su agresor en la cabeza.
ASÍ, MUCHO MEJOR
La forma correcta de coger un cuchillo es con la punta hacia arriba y el brazo caído a lo largo del cuerpo. De esa manera, el cuchillo queda medio oculto y es más fácil sorprender al malo. Además, una cuchillada en el vientre, de abajo hacia arriba, causa mucho más daño y acaba con los intestinos del criminal bien desparramados por el suelo.
Otro aspecto interesante del manejo de armas blancas es dónde apuñalar al malvado criminal. Y, otra vez, hemos de responder que nunca como en las películas, porque normalmente lo hacen en la pierna. Con ello sólo se consigue cabrear aún más al asesino y, por regla general, perder el cuchillo, que se suele quedar clavado en el muslo. De esta forma, damos un arma más al enemigo, aunque no le haga falta, porque normalmente está bien surtido de ellas.
Una última advertencia en relación a las armas blancas: a la hora de abalanzarse sobre el psicópata, hay que procurar hacerlo por la espalda y no hay que gritar histéricamente para advertirle de nuestras intenciones.
Esta sencilla regla es sistemáticamente incumplida por el 97,8% de las víctimas y, al final de la película, por el 100% de los malos.
WOODY STRODE
Ejemplos de esta incomprensible conducta las encontramos a millares, y muy especialmente en las películas del oeste. En la fenomenal Dos cabalgan juntos, protagonizada por James Stewart y Richard Widmark, aparecía un indio especialmente tontaina llamado Stone Calf (interpretado por Woody Strode). Todo lo que tenía de grande lo tenía de pardillo.
En un momento de la película, James Stewart se encuentra en un claro del bosque preparándose la cena al amor de una hoguera. 
A sus espaldas, a unos cinco metros entre los árboles, Stone Calf se desliza como una sombra silenciosa. 
Stewart sigue de cocinero, sin advertir lo que se cuece tras él.
El astuto Stone Calf llega al borde del claro sin romper ni una ramita, como buen indio (o nativo americano, que no están los tiempos para querellas por no ser políticamente correcto) que es.
James Stewart sigue en la inopia.
Stone Calf saca su enorme hacha de caza.
Stewart termina de hacerse una tortilla.
Sin hacer el más mínimo ruido, Stone Calf se pone en pie, avanza un paso, entra en el claro... y pega un alarido que despierta a todo bicho viviente en 40 millas a la redonda.
James Stewart desenfunda el colt 45 y le pega dos tiros a un sorprendido Stone Calf.
Mientras cae herido de muerte, Stone Calf parece pensar:

¿Cómo demonios ha sabido que le iba a atacar?

Mi primera vez

MI PRIMER CONCIERTO DE VAN MORRISON


Y, AL DÍA SIGUIENTE, EL SEGUNDO...

sábado, 9 de octubre de 2010

¿Os sobra una idea?

¿Cómo escribir un blog?
¿Cómo escribir cada día en un blog?
¿Cómo escribir cada día en este blog?
Más aún, ¿cómo hacerlo sin caer en la vulgaridad, sin hacer el ridículo más espantoso?
Si alguno de los lectores lo sabe, se agradecería que lo comunicase a través de lo opción Comentarios, al pie de esta página.
Mientras tanto, habrá que aguantarse con lo que se me ocurra a mí…

UNA IDEA A PUNTO DE MORDERME

En mi caso, el proceso comienza nada más terminar la última entrada. La leo y releo, así como algunas de las anteriores, evalúo cómo han ido las cosas, dónde he metido la pierna, qué ideas habría que repetir y cuáles hay que abandonar definitivamente por insufribles.
Llegado este momento... me aborrezco: no me gusta nada. 
Encuentro fallos por todas partes, aciertos por ninguna, y hago firmes propósitos de enmienda para la próxima ocasión.
Luego me olvido de todo durante unas horas y, entonces, pienso: 
¿Qué les cuento yo a estos ciudadanos en la próxima entrada?
Y no se me ocurre nada... 
Y vuelvo a repetirme la pregunta del millón: 
¿Qué les cuento yo a en la próxima entrada?
Y en ese momento... me echo a llorar.
Para evitarme tal sufrimiento, y de paso ahorrarme trabajo y dolores de cabeza, por supuesto que vosotros, mis queridos lectores, podéis participar en cualquier momento del día o de la noche (otra vez os recuerdo los Comentarios). Es lo que tiene Internet.

(¡Qué triste vida si lo más interesante que tenéis para hacer es mandarme ideas a mí!)

Las sugerencias, salvo las peticiones de que eche el cierre a Inside View y me largue para no volver jamás, serán atendidas con todo cariño, estudiadas a fondo, y arrojadas a la papelera... excepto cuando la idea sea francamente genial. Aunque en ese caso seguro que ya se me habría ocurrido antes a mí, así que olvidad cualquier pretensión de vivir sin dar golpe a costa de los derechos de autor.
Para eso están los de la Sociedad de Golfos Apandadores Españoles.
Y no admiten competencia.
De vez en cuando, o sea, cuando no se me ocurra absolutamente nada, es decir, muy a menudo, trataré de rellenar el espacio en negro con fotografías o fusilando, perdón, quise decir citando a otros autores. Mis historias favoritas para este menester suelen ser las de Monterroso. La única pega es que, con algunas como ésta, poco espacio se puede llenar:

"Es cierto, en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo malo de irse al Cielo es que allí... el Cielo no se ve."

PS ¡Coño! Ni una idea medianamente buena y he conseguido terminar la entrada del día de hoy.

Akazienstrasse


Hey little girl on the bicycle, wheels spin like they're riding on air.
Hey little girl on the bicycle, wheels flash like the sun in her hair.
And the wheels go round but the bike has stopped moving

(Ralph McTell)

viernes, 8 de octubre de 2010

Paranoia Blues

A causa de los azares de la vida y el destino, retórica manera de hablar de la desesperación y el desempleo, hubo de dedicarse a la venta de libros por catálogo. Cargado de paciencia e ilusión, la campaña de fomento de la lectura, estaba aún reciente, se lanzó a la calle dispuesto a subir y bajar escaleras hasta el fin de los tiempos.
Duró tres días.
Al principio, resistió los portazos, silencios y negativas con estoicismo.
—Lo siento, estoy muy ocupada, ahora no tengo tiempo para atenderle—decía una señora con la televisión, y Sálvame, como estruendosa música de fondo.
—Mire, mis hijos estaban apuntados a eso, pero ya no viven en casa y yo, a mis años...—respondía otro ciudadano con una risita cómplice.
—Es que ya no me caben los libros en casa—argumentaba un tercero que, por lo visto, había cubierto su cupo de lectura para lo que le quedaba de vida.
Y así, hasta el infinito, innumerables variantes sobre una misma partitura: aquí no lee ni dios.
De vez en cuando se topaba en un portal con algún joven que, sonriente, le espetaba a bocajarro:
—Al primero derecha mejor no llames; nosotros no leemos.
Y se quedaba tan contento de la medalla que se acababa de colgar.
Pero lo peor, lo que le hizo abandonar al tercer día, fueron las puertas cerradas a cal y canto, puertas blindadas y con siete cerraduras, tras las cuales se adivinaban gruesas cadenas y barras de seguridad. Algunas de ellas eran lo que parecían, puertas cerradas de una vivienda vacía. Otras, en cambio, eran algo más: una barrera frente al mundo exterior, un reflejo de la desconfianza y el terror pánico de los habitantes de la casa.

jueves, 7 de octubre de 2010

El Niño del Coro

Autobiografía (no autorizada) de un idiota 
[Fragmento]


Según saltaba por encima de los charcos, evitando al mismo tiempo pisar las innumerables cagadas de perro que alfombraban la ciudad, cantaba a voz en grito todo mi repertorio de sintonías de telenovelas. Dicen quienes saben de esto que ingerir alcohol eleva el tono de la voz. Tal vez sea así, tal vez sea cierto en seres humanos normales. En mi caso, la ginebra no hacía sino acentuar mis escasas cualidades musicales.
Ya en el colegio, y mucho antes de que me cambiara la voz, me habían apartado del coro infantil. Eso sí, con mucha delicadeza, no fuera a sufrir un trauma del que no pudiera recuperarme jamás. Un día, el director del coro, harto ya de arrojarme el borrador de la pizarra cada vez que desafinaba escandalosamente, decidió terminar de una vez y para siempre con la carrera artística del tierno infante que era yo.
Al finalizar uno de los ensayos en el que no se pudo pasar de las primeras notas, adivinen por culpa de quién, me citó en su despacho. Una vez allí, me agarró por las orejas, me levantó medio metro del suelo y, con gran suavidad, que para algo era un colegio de pago, me convenció de que lo mejor que podía hacer era olvidarme del coro para siempre, porque lo mío no era el trabajo en equipo. Aún más, el director me sugirió sutilmente que abandonara también la hipotética idea de cantar en solitario, aunque fuera en la ducha y en voz baja. Más o menos, estas fueron sus palabras, sutil mensaje, ya dije:
—¡Maldito bastardo, hijo de una hiena sorda! En toda mi carrera musical no había oído a nadie desafinar con tanto acierto como tú. Lo normal es que los que tienen mal oído fallen alguna nota que otra, pero tu caso es del Guiness. Ni por casualidad aciertas con la nota correcta, las fallas todas, ¡engendro abominable! Hasta los silencios los das fuera de tono... Tú no cantas, te ensañas con las canciones, las torturas... Pero, dime, ¿qué te han hecho las pobrecillas?
»Lo mejor que puedes hacer, y no es un consejo, es una amenaza, es desaparecer de mi vista antes de que te rebane el pescuezo. Tres de los mejores solistas del coro han tenido que abandonarlo, con los nervios destrozados, y ahora sólo se comunican a través de gruñidos. Cada vez que les hablo de volver a cantar, se acuerdan de ti y se ponen a aullar como coyotes a la luna.
»Tu sola existencia es una afrenta a la música—añadió el director, levantándome medio palmo más.
 A todo esto, mis orejas de soplillo estaban adquiriendo unas dimensiones más que preocupantes, por lo que el amable religioso decidió que mejor era soltarme. Con un poco de suerte, el niño tal vez se desnucara, debió pensar.
—¿Esto quiere decir que ya no puedo cantar más en el coro?—pregunté llorosa e ingenuamente.
No pude seguir hablando. La cara del director se puso blanca, luego verde, roja y de todos los colores. Cuando comenzó a salir espuma de su boca, comprendí que había perdido una excelente ocasión para permanecer callado. Esta primera impresión quedó reforzada al ver cómo el director descolgaba un enorme crucifijo de la pared y se abalanzaba contra mí rugiendo:
—¡¡Te mato, hijo de Satanás, yo te despanzurro aquí mismo!!
Yo, que desde temprana edad me había ganado una justa fama de comadreja huidiza, salí por piernas del despacho, cerrando tras de mí la puerta con un hábil giro de muñeca. El director del coro no fue tan rápido de reflejos y, con un no menos hábil movimiento del brazo, lanzó el pesado crucifijo hacia su alumno en vergonzosa retirada. Lástima que éste ya hubiera cerrado la puerta. Lástima que la mitad superior de la puerta fuera de cristal traslúcido. Lástima que, alarmado por los gritos que había escuchado, el Reverendo Hermano Director acabara de esquivarme y se dispusiera a entrar al despacho que yo había abandonado con una diligencia digna de mejor causa.

... ... ... ... ...

Dos meses más tarde, al Reverendo Hermano Director aún le estaban sacando del rostro fragmentos de cristal traslúcido. Eso sí, la cicatriz de la frente, con los diecisiete puntos que le habían dado a consecuencia del impacto del crucifijo, había quedado monísima.
Para esas fechas, el director del coro gozaba de su cuarto ataque de paludismo en la Guinea Ecuatorial, asaeteado por los mosquitos, diarreico perdido, con la calva despellejada por el sol africano.

Se le veía feliz.




miércoles, 6 de octubre de 2010

El Búho

Lo tenía por ahí, anotado en una libreta, y creo que este texto es de Cortázar...

Dice la tradición que, en un lejano país, existió hace muchos años un búho que, a fuerza de quemarse las pestañas pensando, traduciendo, dando conferencias, escribiendo poesías y cuentos, biografías, críticas de cines, ensayos literarios y algunas cosillas más, llegó a saberlo todo sobre cualquier género del conocimiento humano. Tanto era su saber que sus entusiastas contemporáneos le nombraron uno de los Siete Sabios del País.
A partir de ese momento, el búho cesó completamente en sus múltiples actividades. 
Años más tarde, murió solitario, completamente loco, sin haber podido averiguar quiénes eran los otros seis.