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| De frente, parecía de perfil De perfil... no se le veía |
martes, 5 de octubre de 2010
lunes, 4 de octubre de 2010
Papi, ¿ya has visto esta película? Parte 7
Un día más, en Inside View, van a quedar patentes mis amplios desconocimientos, mi más absoluta ignorancia sobre el objeto de esta serie de entradas: el cine.
El tema de hoy...
Las armas, segunda parte
Quienes tengan una mínima experiencia en el manejo de las armas de fuego, por muy mínima que sea, han de saber que, cuando se dispara una pistola, una escopeta (aunque sea de feria) o un fusil de asalto, se produce un fenómeno que lleva por nombre retroceso.
Para los totalmente ignorantes en la materia, explicaré que el fenómeno del retroceso, como su propio nombre indica, hace que el fusil o la escopeta se mueva con fuerza en dirección contraria a la bala, incrustándose ferozmente en el hombro del tirador. A este respecto, y para los excesivamente legos, es preciso hacer una advertencia: para evitar que la culata nos machaque el hombro no es conveniente colocar el arma al revés, con el cañón mirando hacia nosotros, porque en ese caso será la bala quien nos perfore la clavícula.
Pero volvamos al retroceso. Por su causa, y gracias a una serie de reacciones físicas, momentos de fuerza y palancas que sería muy prolijo explicar... y de las que no tengo la menor idea, toda arma disparada tiende a ponerse en posición vertical. Este fenómeno es más acusado cuando se dispara una ráfaga.
(Hay otras cosas que tienden también a ponerse en posición más o menos vertical, pero no son el objeto del análisis de hoy. Si acaso, cuando lleguemos al capítulo XXX)
Cuando disparamos una ráfaga de un fusil ametrallador, y de forma ineludible, el arma se comporta como un puente levadizo. La primera bala tendrá una trayectoria más o menos paralela al suelo, todo depende de la habilidad del tirador, pero a partir de la décima no hay manera de controlar el movimiento salvaje del fusil.
¿Qué quiero decir con todo este rollo? Muy sencillo: seguramente estaréis cansados de ver a los protagonistas de cualquier película de acción entrar en una habitación, armados con un M-16 o un Kalashnikov en cada mano, disparando a diestro y siniestro, contraviniendo todas las leyes de la física, porque los fusiles no se desvían ni un milímetro de la horizontal: es el archiconocido efecto del retroceso nulo. En la vida real, cualquier pardillo que intentara hacer lo mismo, dejaría el techo lleno de agujeros y acabaría como un colador, acertándose con sus propias balas.
Como en la realidad, y en el cine con más razón, todo tiene sus excepciones, y el efecto del retroceso nulo también las tiene. Si bien es cierto que en las manos del héroe las armas parecen haber sido dopadas con valium, esas mismas armas en poder del secundario cómico saltarán enloquecidas, como si tuvieran vida propia, causando estragos entre los presentes. De hecho, si un secundario cómico quiere pegarle un balazo a una diana, el lugar más seguro de toda la escena será, sin ninguna duda, el mismísimo centro de la diana.
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| El más difícil todavía... Arnie, con un ataúd al hombro y manteniendo el arma perfectamente horizontal... ¡¡¡con una sola mano!!! Pero, claro, él es un cyborg... |
domingo, 3 de octubre de 2010
Psicosis bélica
Autobiografía (no autorizada) de un idiota
[Fragmento]
Bilbao, 17 de octubre de 1991
«Trabajar no es sano—farfullé para mí—. Espero que el jefe me deje descansar una temporada antes del próximo reportaje.»
Y tenía toda la razón. Cuatro días, cuatro duros días con sus correspondientes noches, había tardado en terminar mi último artículo para el periódico en el que trabajaba: "Efectos de la invasión de Irak en los hábitos de consumo de las amas de casa del Valle de Trápaga". Pero, a pesar del cansancio, una sonrisa de orgullosa satisfacción iluminaba mi rostro cuando entregué los originales al redactor jefe de Internacional. Éste, con la amabilidad que le caracterizaba, me había mandado al responsable de las páginas de Sociedad, a las que correspondía el artículo, y de paso, a hacer puñetas.
Esto había sucedido unos trece meses atrás, pero aún no me había recuperado del tremendo esfuerzo realizado y de la perplejidad que me había causado la exhaustiva encuesta entre las amas de casa de Trapagaran.
Comprendía la alarma que la guerra contra Sadam había provocado. Comprendía la psicosis bélica y el furor por acaparar que inducía a la gente a llenar las despensas de comida: a mí también me había afectado. Comprendía, incluso, las peregrinaciones al abrevadero de Umbe para pedir la intervención de la Virgen y su protección. Lo comprendía casi todo. Lo que mi cerebro se negaba a entender era por qué las mujeres se empeñaban en no comprar artículos de verdadera necesidad. Montañas de arroz y garbanzos, océanos de leche, aceite o agua mineral, kilómetros de tallarines y papel higiénico... De eso tenían de sobra, como para mandar tres o cuatro jumbos a Etiopía, pero a nadie se le había ocurrido, salvo a mí, claro está, hacer acopio de cosas realmente básicas.
Un año más tarde, pensaba que tal vez había exagerado en mis precauciones, pero en su día la idea me había parecido simplemente brillante. Mi médico no había estado muy conforme, y menos ahora, que comenzaba a sentir síntomas de gota y mi piel empezaba a tener una textura ciertamente quitinosa, pero, ¿quién iba a imaginar que los pringados iraquíes iban a durar tan poco? Yo había calculado unos dos o tres años de lucha encarnizada, no seis o siete semanas mal contadas. Por eso había comprado las 19.000 nécoras, dos quintales de percebes, cuarto y mitad de tonelada de centollo, amén de múltiples cajas de mariscos surtidos, todo ello debidamente ultracongelado.
A lo largo de los meses siguientes, había recorrido cada una de las librerías de Bilbao en busca de recetas para marisco congelado, lo había intentado todo para variar el aspecto y el sabor de gambas, langostinos y ostras, pero ya estaba un poco cansado de la dieta monográfica. Amigos, vecinos y compañeros de trabajo me huían como de la peste en cuanto mencionaba la posibilidad de celebrar una mariscada en su casa. Tenía los labios en carne viva de tanto chupar cáscaras saladas y, cada vez que me miraba al espejo, me daba la impresión de estar contemplando al embajador de Neptuno en la Tierra. Y , por si fuera poco, el banco me tenía asfixiado con el crédito que había tenido que pedir para pagar la comida y los doce arcones congeladores tamaño king size que tenía repartidos por toda la casa.
Más de una vez había barajado la posibilidad de revender las cajas que aún me quedaban, y eran muchas, a los ultracongelados que estaban debajo del periódico, pero nunca me decidía. Algo en mi interior me lo impedía. Una vocecita que me susurraba insidiosa: «Recuerda Yugoslavia, recordad El Álamo.» Lo de El Álamo no lo entendía muy bien, pero por si acaso seguía desayunando, comiendo, merendando y cenando mariscos variados. Y por eso, o al menos así lo creía yo, me despertaba todas las mañanas pensando en Amber Lynn, Tori Welles y Tracy Lords, y con una erección de caballo.
Ahora, tal y como me sentía, sólo pensar en la posibilidad de abrir uno de los congeladores y enfrentarme a una montaña de cadáveres de centollo me ponía los pelos de punta.
Decidí que ya era hora de levantarme.
Creí oportuno ponerme en pie.
Tomé la determinación de salir de la cama... y encendí un cigarrillo.
Venecia (la trastienda)
sábado, 2 de octubre de 2010
La prueba
En los tiempos que corren, una de las más frecuentes e inevitables pesadillas que puedes padecer despierto es que te quedes sin trabajo y sin un euro en el bolsillo.
Tiempo atrás, agobiado por los problemas económicos, me encomendé a una agencia de trabajo y fui enviado a una fábrica, donde sería sometido a una prueba de capacidad junto con otros compañeros.
El aspecto de la fábrica ya me hizo desconfiar: estaba construida con bloques de cristal.
Durante el desayuno, en la cantina de la fábrica, mi desconfianza fue en aumento: unas guapas camareras nos trajeron huevos, café, tostadas y zumo de naranja servido en unas preciosas jarras.
Advertí en seguida lo que mis compañeros no parecieron sospechar: aquel desayuno también formaba parte de la prueba.
Me llevaron el primero a la habitación donde se celebraría el examen. Sobre unas hermosas mesas estaban preparados los pliegos con las preguntas.
Sintiéndome observado en medio de aquella preciosa y vacía habitación verde, saqué la pluma del bolsillo y atraje hacia mí el cuestionario, como lo hacen las personas coléricas con las cuentas de los mesones.
Cogí la primera hoja y leí:
Primera pregunta:
"¿Qué parece que las personas sólo tengan dos brazos, dos piernas, ojos y oídos?"
Escribí sin titubear:
"Ni siquiera cuatro brazos, piernas y oídos bastarían a mi actividad. En este aspecto, la dotación del hombre es mezquina."
Segunda pregunta:
"¿Cuántos teléfonos es usted capaz de usar al mismo tiempo?"
La pregunta también era fácil, así que escribí:
"Cuando sólo tengo siete teléfonos me impaciento; únicamente con nueve teléfonos me siento por completo satisfecho."
Tercera pregunta:
"¿Qué hace usted en sus días de asueto?"
Mi respuesta fue:
"¿Asueto? No conozco la palabra asueto. Después de cumplir los quince años la borré de mi vocabulario."
Evidentemente... obtuve el puesto.
Bright Blue Rose
Bright Blue Rose
(Jimmy McCarthy)
I skimmed across black water
Without once submerging
Onto the banks of an urban morning
That hungers the first light
Much, much more than mountains ever do
And she, like a ghost beside me
Goes down with the ease of a dolphin
And emerges unlearned, unshamed, unharmed
For she is the perfect creature, natural in every feature
And I am the geek with the alchemists' stone
Chorus:
For all of you who must discover
For all who seek to understand
For having left the path of others
You'll find a very special hand
And it is a holy thing
And it is a precious time
And it is the only way
Forget-me-nots among the snow
It's always been, and so it goes
To ponder his death and his life eternally
(Chorus)
And it is a holy thing
And it is a precious time
And it is the only way
Forget-me-nots among the snow
It's always been, and so it goes
To ponder his death and his life eternally
One bright blue rose outlives all those
Two thousand years, and still it goes
To ponder his death and his life eternally
viernes, 1 de octubre de 2010
De judas y vírgenes
A mediados del siglo pasado, un paisano de Ayamonte, de nombre Edelmiro, cruzó el río Guadiana acompañado de dos amigos para pasar unas horas de asueto en Portugal. Camino de Faro, se detuvieron a tomar un aperitivo en la localidad costera de Tavira.
Sentados en una pequeña terracita de un bar del puerto, los tres onubenses dieron buena cuenta de un par de botellas de vinho verde, acompañadas de varias clases de pescado a la plancha y unas enormes aceitunas. Edelmiro, que gozaba en su pueblo de una justa fama de tragón, engullía más que comía todo aquello que los camareros le ponían delante.
Cuando sólo quedaba una aceituna en el plato, Edelmiro demostró que, a veces, la mano es más rápida que la vista y, antes de que sus amigos pudieran reaccionar, atrapó la oliva y se la tragó. Literalmente.
Pocos segundos después de su alarde de prestidigitador, Edelmiro se llevó las manos al cuello al tiempo que comenzaba a congestionarse. La aceituna, que como se ha relatado era de considerable tamaño, se le había atascado en la garganta, impidiéndole respirar. Juan y Anselmo, sus dos acompañantes, intentaron por todos los medios sacarle la aceituna del gaznate, pero todo fue en vano.
El cura de Tavira, alertado por algunos vecinos, corrió hasta el puerto por si sus servicios religiosos se hacían necesarios. Allí se encontró con el pobre Edelmiro espatarrado en el suelo, y más muerto que vivo, por lo que se dispuso a confesarle y administrarle los últimos sacramentos.
—¿Crees en Dios Padre Todopoderoso?—preguntó el sacerdote a Edelmiro, quien contestó afirmativamente con la cabeza.
—¿Crees en Jesucristo, su único hijo, que dio su vida por la salvación de los hombres y al tercer día resucitó?
Edelmiro volvió a asentir con la cabeza al tiempo que emitía un estertor agónico.
—¿Crees en nuestra Santa Madre la Iglesia?
Nueva respuesta afirmativa de Edelmiro, cuyo rostro se estaba tornando cada vez más cadavérico.
—¿Crees que Judas era español y la Virgen, portuguesa?—concluyó el párroco.
Al oír aquellas palabras, un incontenible ataque de risa se apoderó del infeliz Edelmiro, seguido de convulsiones y estruendosas toses, a consecuencia de las cuales la aceituna salió despedida para estrellarse en la cara del atónito sacerdote.
—¡Milagro, milagro!—rugieron los habitantes de Tavira congregados en el puerto mientras Edelmiro y sus amigos subían al coche, arrancaban a toda velocidad y se marchaban de allí para nunca más volver.
Esta historia, que mi padre me contó cuando yo era un niño, me viene últimamente a la cabeza con excesiva frecuencia. Eso sí, en cada nueva ocasión, Judas y la Virgen tienen distintas nacionalidades: bosnia/serbia, serbia/croata, inglesa/irlandesa, autóctono/emigrante, árabe/israelí o, por qué no, vasca/española, o viceversa.
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